Me gustaría compartir algunas reflexiones a partir de los temas tratados en el BrazzTalk #1, un encuentro que pone el foco en una transición tan natural como delicada: la que va del boulder indoor al entorno outdoor.
Cada vez creo más que este paso debería hacerse con la mayor conciencia posible, para evitar dañar el ecosistema natural y cultural que alberga nuestra disciplina. La adaptación es, en mi opinión, uno de los puntos clave en los que debemos fijarnos al hablar de la diferencia entre el contexto outdoor y el deportivo indoor.

En el indoor, la adaptación se expresa principalmente como crecimiento físico y mental, con el objetivo de mejorar nuestras capacidades, alcanzar metas y medirnos, a menudo dentro de una dinámica competitiva — con nosotros mismos y con los demás.
El rocódromo no es solo rendimiento: también es ocio, fitness, socialización. Un lugar donde se vive la escalada con ligereza. No uso este término de forma crítica: la ligereza y la despreocupación son recursos valiosos, herramientas para conocerse a uno mismo y vivir el deporte de una forma sana y personal. Lo que hace de la escalada el deporte más bonito del mundo es precisamente su capacidad de ofrecer algo a todos. En otras palabras, creo que cada persona puede encontrar su propia forma de expresarse a través de la escalada.

Sin embargo, cuando este enfoque se traslada del rocódromo a la naturaleza, la cultura de referencia cambia: cambian también las reglas de comportamiento en relación con este nuevo contexto.
En la naturaleza, la adaptación ya no puede ser unidireccional. Ya no se trata solo de mejorar para rendir más, sino de modular nuestras acciones según el entorno. Es importante entender qué actitudes son invasivas o dañinas y cuáles pueden considerarse actos de respeto y preservación. Con demasiada frecuencia se intenta adaptar el entorno a nuestras necesidades, como si los hábitos del indoor pudieran reproducirse al aire libre sin consecuencias.
No quiero demonizar comportamientos — sé que hay matices y excepciones según el contexto —, pero a veces exagerar ayuda a dejar más claro el punto.
Pienso, por ejemplo, en cubrir bloques con lonas para que no se mojen con la lluvia. O dejar crashpads en el bosque para no tener que transportarlos cada vez. O usar herramientas agresivas para secar presas o modificar las condiciones ambientales. Incluso, en algunos casos, alterar permanentemente la base de un bloque para hacerlo más seguro…

Estos son ejemplos que siempre me han hecho reflexionar, porque en la mayoría de los casos, una acción humana invasiva hacia la naturaleza no puede justificarse por una simple performance deportiva. Exagero el concepto para compartir mi manera personal de vivir el boulder:
Si no tengo las capacidades para subir un bloque, no voy a cavar una presa para lograrlo. Si encuentro una presa mojada, no intentaré secarla con herramientas agresivas: buscaré otro bloque seco. Acepto lo que la roca me ofrece y me adapto a ella, no al revés.
Por último, creo que la adaptación y la aceptación del contexto y sus condiciones son fundamentales para enriquecernos como personas dentro del boulder. Entender la diferencia entre el deporte (y su enfoque en el rendimiento) y la actividad outdoor es esencial.
Espero que esta breve reflexión sobre el enfoque del bouldering sirva como punto de partida para el diálogo.
¿Qué opinas? Hablemos en los comentarios.
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