“¡Atención, atención!”
El referéndum de la escalada se avecina. Los mejores exponentes de los partidos de la Tierra de las Rocas están en plena campaña: eslóganes, proclamas y promesas de magnesio gratis para todos. El objetivo: conquistar también el voto de los escaladores más aislados.
La situación, sin embargo, es catastrófica. Tras la época oscura en la que solo quienes abrían líneas imposibles eran considerados dignos de hablar en nombre del pueblo vertical, una nueva generación comenzó a hacerse oír. Las viejas cuñas de madera dieron paso a los parabolts, a las presas talladas y a las polémicas de los años 80: jóvenes rebeldes que querían liberar la escalada del alpinismo y convertirla en deporte. Una generación de idealistas que hoy, sin embargo, observa con asombro las disputas de sus descendientes.
La nueva ola
En el presente glorioso (o desastroso, según cómo se mire), la Nueva Generación jubila a los viejos. Su líder enciende a las multitudes gritando: “¡First reaction: kneebar!”
Para él, cualquier ocasión es buena para encajar la rodilla y soltar las manos, incluso con dos rodilleras por pierna, si la anatomía lo permitiera. Nada puede detener a los ventiladores portátiles que brotan bajo las paredes como setas, rodeados de cables, baterías externas y altavoces Bluetooth. La escalada puede aspirar a convertirse en una fiesta playera con presas y apoyos.
El Partido del Escalador Internacional predica un mundo sin fronteras: escuelas de roca unidas, rodilleras para todos y un futuro en el que el único límite sea el tamaño del crash pad.

Los guardianes de la roca
Frente a ellos están los conservadores de las Rocas Atemporales. Quieren el regreso a la escalada pura: sin artilugios tecnológicos, sin ventiladores rugientes, sin “kneebar party”. Para ellos, la escalada comienza solo a partir del 7a: todo lo demás es senderismo de lujo o, como mucho, vía ferrata con estilo.
Su eslogan es claro: “¡Encajad en vuestra casa!”

El enfrentamiento público
El escenario está encendido.
El portavoz de la nueva generación: “Las viejas administraciones destruyeron rutas legendarias tallando por todas partes. ¡Y nos acusan a nosotros de ser poco éticos! ¿Un padre de familia que trabaja diez horas al día no debería tener derecho a un poco de brisa fresca mientras prueba su proyecto? ¿Qué daño hace un ventilador? ¡No talla nada, como mucho despeina el pelo!” La multitud aclama, él enciende el ventilador, el escenario parece la sección de climatización de unos grandes almacenes. “¿Y la goma en el muslo? ¿De verdad queremos rechazar el progreso? ¡Entonces volvamos a las cuerdas de cáñamo y a las botas pesadas! ¡Quememos los crash pads en la plaza como en los tiempos de la Inquisición Escaladora! No, nosotros somos el futuro: Liberté, égalité, ginocchié!”
El líder conservador no se queda callado: “¡Si existís hoy es solo gracias a los Padres Escaladores, que abrieron rutas míticas cuando vosotros aún estabais en pañales! ¿Kneebar? ¡Ni hablar! Solo lolottes elegantes. Con esos trastos horribles colgando de los muslos parecéis de carnaval. ¿Y nos acusáis? Creamos iconos, empleos, leyendas. Sí, algunas presas talladas, pero todas prescritas.”
El estadio estalla en aplausos y gritos de “¡Make Falesia Great Again!”
Hacia el caos
El debate se convierte en una bronca de estadio. Algunos escalan “a la vieja escuela” tirando con fuerza, mientras otros bailan dinámicos con un kneebar cada dos metros. Los héroes del pasado siguen siendo iconos sagrados, aunque incluso ellos ceden a veces al placer de un no-hand rest. Mientras tanto, jóvenes modernos empiezan a posicionarse contra el uso desenfrenado de los gadgets. Nadie busca compromisos ya: solo insultos, gritos y burlas.
Y así, mientras las hinchadas se destrozan entre sí, dos nuevas facciones extremas ganan terreno:
- el Partido de la Resina Pura (pero solo si es ecológica, certificada y reciclable),
- y los Anarco-Barefoot, que rechazan todo: pies de gato, magnesio e incluso la cuerda (“si vuelas, vuelas”).
¿Quién ganará la próxima ronda? Imposible saberlo.
Y sin embargo, queda una certeza: qué hermoso es estar bajo la roca, rodeado de sensibilidades y formas de escalar tan diversas. Eso sí, hay una regla que debería estar grabada (no literalmente) en piedra: “mi libertad bajo la roca termina donde empieza la de los demás”.

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