The Finnish Line es un filo perfecto, de unos 8 metros de altura, situado en Rocklands y considerado por muchos escaladores como una de las líneas más estéticas e increíbles de la naturaleza. Recién salido de la ascensión de este maravilloso bloque, quiero compartir mis sensaciones y mi recorrido, mi proceso personal.

El encuentro

Durante mi primer viaje a Rocklands, en 2018, The Finnish Line fue el primer bloque que vi. En aquel momento ni siquiera tenía el nivel para concebir cómo podía escalarse una línea con tan pocas presas: si lo miras sin magnesio, parece realmente imposible. No hay regletas evidentes ni cantos que te guíen en la escalada. Aunque Nalle Hukkataival ya lo había encadenado, para mí era solo una realización que admirar, algo lejano. Ni siquiera me pasó por la cabeza probarlo.

La aproximación

Seis años después, en 2024, decidí darlo todo para ver qué podía pasar. Ya tenía en mi libreta algunos 8C, así que sabía que el nivel físico estaba a mi alcance. Pero estaba el problema de la altura de la línea, la caída nada amigable y el hecho de que sería un reto completamente diferente a lo habitual. En este bloque, incluso probar todos los movimientos es complicado: desde el suelo solo tocas la primera presa, y para testear las secuencias siguientes hay que descender con cuerda. El filo es desplomado, así que para alcanzar las presas tienes que dejarte empujar y balancear con la cuerda para agarrarlas al vuelo. Las sensaciones así nunca son las mismas que tendrás desde abajo, y se hace difícil interiorizar los movimientos como en otros proyectos que puedes probar directamente desde el crashpad. En 2024 decidí dedicar mis mejores condiciones —físico, piel, cabeza— a The Finnish Line. En las primeras cinco sesiones tuve buenas sensaciones, pero nunca conseguí superar el paso clave, a media altura, el que define la verdadera dificultad del bloque. Sabía que otros también se habían quedado ahí tras muchas sesiones. Volví a casa sin encadenarlo… pero con una sensación positiva. Creo que en el búlder es fundamental aprender a ver estos “fracasos” como avances en el proceso de resolución.

La ascensión

Este año llegué a Rocklands con la idea de quedarme el doble de tiempo que en 2024. Mentalmente estaba más relajado. Los primeros días fueron tranquilos: probaba todos los movimientos, experimentaba con nuevas secuencias de pies y distintas maneras de coger las pinzas. No buscaba replicar las sensaciones del año anterior para encadenar rápido: quería encontrar una forma más eficiente de subirlo.

  • Primera sesión: solo refresqué los movimientos, pero el calor fue un poco limitante.
  • Segunda sesión: condiciones perfectas, hice el paso clave varias veces con la cuerda. Empecé a sentirme seguro.
  • Tercera sesión: de nuevo experimentando, para hacer la secuencia más eficiente.

En la tercera sesión, tras dos horas de trabajo en cuerda, probé desde abajo y —por primera vez— cerré el movimiento más duro del bloque empezando desde el suelo. Caí justo después, pero estaba motivadísimo: en ese momento me di cuenta de que el bloque era factible. A partir de ahí la dificultad baja, aunque la altura aumenta y tienes que mantenerte súper concentrado. Tenía suficiente piel para 2 o 3 intentos más. Me dije: “Si vuelvo a aguantar la pinza del paso clave, me voy contento a casa”. Lo conseguí de nuevo, aguanté la siguiente presa y seguí subiendo. Conocía bien los movimientos, pero tenía las manos casi anestesiadas: al apretar fuerte la roca con el viento frío pierdes sensibilidad. Así que, en las dos últimas regletas, improvisé la secuencia de pies porque ya no sentía las manos. No era la beta que había ensayado con cuerda: la inventé allí mismo, en la cima. Eso lo hizo todo aún más especial. Pensándolo ahora, da miedo: sin tacto en las manos, a esa altura, una caída habría sido fea. No sé si era miedo o inconsciencia. Escalé de forma instintiva, con una sensación nueva para mí.

Después

Todavía me queda un mes de escalada por delante: logré encadenar The Finnish Line al principio de las vacaciones. Los días siguientes me despertaba incrédulo por lo que había hecho. Para mí, esta línea representa la esencia del búlder: un reto físico al límite, que te exige toda la energía para resolver un único paso, pero también un desafío mental y una obra maestra estética. Es esto lo que busco y lo que me motiva cada día a entrenar, para convertirme en un escalador cada vez más competente y acercarme a líneas que, en su día, me parecían inalcanzables.

ph: Siara Fabbri

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